Las escribía con tinta azul, en hojas recicladas que doblaba con cuidado, como si dentro de cada una cupiera un pedazo de su alma. Yo las recibía una por una, desde lugares lejanos: París, Varanasi, Ciudad del Cabo… Ella viajaba sin miedo, mientras yo me quedaba aquí, anclada al suelo, escribiendo mis días entre líneas.
Nos conocimos en la universidad, ella estudiaba antropología, yo literatura. Desde el primer momento supe que no era de este mundo, o al menos, no de uno solo. Decía que necesitaba ver todo antes de elegir dónde quería vivir para siempre.
Cuando se fue, me dejó una carta:
“No es un adiós. Es un ‘hasta luego’. Prometo escribirte cada vez que vea algo hermoso.”
Y lo hizo. Durante años, recibí sus palabras desde el otro lado del mundo. Me contaba historias de mercados en Marruecos, de amaneceres en templos abandonados, de personas que solo existían en esa página por unas horas.
Un día, la carta dejó de llegar.
Busqué noticias, llamé a contactos, hasta que meses después, alguien me envió una última carta, escrita de su puño y letra, pero con fecha posterior a su desaparición. Era como si hubiera sabido que ese sería su final:
“Si estás leyendo esto, significa que ya no estoy. Pero no llores por mí. Estoy donde siempre quise estar: en movimiento. En tus manos, en tus ojos, en cada palabra que compartimos. Guárdame en tus silencios, porque allí seguiré hablándote.”
Hoy tengo todas sus cartas en una caja de madera bajo mi cama. A veces las leo y aún puedo oler su perfume, mezclado con el aroma del papel viejo. Y aunque ya no llegan nuevas, sigo escribiéndole una cada año, contándole cómo va mi vida.
Porque sé que, de alguna forma, ella sigue ahí, leyendo entre líneas.
