«El café que nos quedó pendiente» Lo conocí en una cafetería donde siempre me sentaba sola, con mi libro y mi libreta de apuntes. Él apareció un día cualquiera, como si el destino hubiera decidido cambiar el rumbo de mis tardes solitarias. Se sentó en la mesa de al lado, pidió un café negro sin azúcar, y me miró por encima del humo que se escapaba de su taza. —¿Te gusta ese libro? —me preguntó, señalando la novela que tenía entre manos. Le contesté con desconfianza. No estaba acostumbrada a que nadie rompiera mi burbuja. Pero él tenía algo: una voz calmada, unos ojos profundos y una sonrisa que parecía conocer secretos del mundo. A partir de ese día, comenzamos a coincidir. Primero por casualidad, luego por costumbre. Y después por elección. Hablábamos de todo: de libros, de miedos, de ciudades que queríamos conocer. Un día me dijo: —Cada vez que te veo, siento que estoy un poco más cerca de casa. Me asusté. Porque yo también lo sentía. Sentía que con solo una mirada, ya no estaba sola en el universo. Pero llegó el momento en que tuvo que irse. Un trabajo lejos, en otro continente. Antes de marcharse, me invitó una última vez a la cafetería. —Cuando regrese —dijo mientras levantaba su taza—, tomaremos el café que nos quede pendiente. Pasaron los meses. Las llamadas se espaciaron, los mensajes se hicieron más cortos. Un día dejé de saber de él. Ni una carta, ni un mensaje, ni una explicación. Hoy, años después, sigo entrando a esa misma cafetería. Me siento en la misma mesa. Pido un café negro, sin azúcar. Y espero. Porque tal vez, algún día, entre el murmullo de las conversaciones y el sonido de las tazas, él entre por la puerta y diga: —Disculpa la demora. Estuve todo este tiempo buscando el camino de vuelta. Y entonces tomaremos ese café… que nunca llegamos a terminar.
