Pepe

Me asusté. Porque yo también lo sentía. Sentía que con solo una mirada, ya no estaba sola en el universo. Pero llegó el momento en que tuvo que irse. Un trabajo lejos, en otro continente. Antes de marcharse, me invitó una última vez a la cafetería. —Cuando regrese —dijo mientras levantaba su taza—, tomaremos el café que nos quede pendiente. Pasaron los meses. Las llamadas se espaciaron, los mensajes se hicieron más cortos. Un día dejé de saber de él. Ni una carta, ni un mensaje, ni una explicación.