«Solo nos besamos bajo el puente» Fue una noche de verano, con la ciudad respirando calor y ruido a nuestro alrededor. Yo había salido a caminar sin rumbo, como hacía siempre cuando necesitaba escapar del peso del día. Él estaba allí, sentado bajo el viejo puente de hierro, fumando un cigarro mientras miraba el río correr oscuro y tranquilo. No sé qué me atrajo hacia él. Tal vez fue su silencio entre tanto bullicio. O tal vez esa forma en que sonrió sin abrir la boca cuando me vio acercarme. —¿Vienes a huir también? —me preguntó. Me quedé. Nos quedamos. Hablamos de todo y de nada. De películas malas, de amores rotos, de sueños medio olvidados. Y sin previo aviso, en un momento que no podría describir con palabras, nos besamos. Fue lento, como si el tiempo se hubiera detenido solo para nosotros. No nos intercambiamos números. Ni nombres completos. Solo ese beso, esa conversación y el eco de algo que nunca llegó a ser, pero que sintió como todo. Al día siguiente, volví al mismo lugar. No estaba. Nadie sabía quién era. Como si nunca hubiera existido. Pero yo sí lo recuerdo. Lo recuerdo cada vez que paso bajo ese puente, donde el aire aún parece guardar nuestras palabras y nuestros labios aún sienten el sabor de lo que pudo ser… y no fue. Él fue solo un instante. Pero un instante tan grande, que llenó años enteros de recuerdo.
