Michael

Cuando llegué a la ciudad, apenas podía hablar. No por miedo al idioma, sino por el peso de un pasado que me había dejado sin palabras. Ella era maestra de teatro, con una voz tan cálida como los primeros rayos del sol después de días nublados.

Un día, en un taller comunitario, me miró fijamente y dijo:
—Tú callas mucho. Pero sé que hay algo ahí adentro, pidiendo salir.

Me invitó a participar en una obra local. Al principio no quise, pero ella insistió. Me dio un personaje que no hablaba al principio, solo observaba. Poco a poco, fue guiándome hasta que dije mi primera línea frente a un público. Esa noche, cuando terminé, me abrazó fuerte.

—Ahora —me dijo—, ya puedes decir lo que quieras.

Hoy soy actor. Y cada vez que subo a un escenario, antes de hablar, busco entre el público su sonrisa. Porque fue ella quien me enseñó que tenía voz, y que merecía usarla.