Él era fotógrafo. No famoso, ni millonario, solo un hombre con una cámara vieja y una mirada limpia. Yo trabajaba en una librería donde él venía todos los jueves, siempre a la misma hora, buscando libros de arte que nunca compraba.
Un día me preguntó:
—¿Alguna vez has visto tu propia vida como si fuera una foto?
No entendí. Entonces sacó su cámara y me tomó una foto. En esa imagen, vi más de mí que en años de espejo. Vi mis ojeras, mis manos cansadas, pero también una luz que no sabía que tenía.
A partir de ese día, comenzamos a caminar juntos por la ciudad, tomando fotos de personas anónimas, de ventanas iluminadas, de perros callejeros. Él decía que todo tenía belleza, solo hacía falta saber mirar.
Cuando se fue, dejó una carpeta con cientos de fotos nuestras, y una nota:
«Gracias por dejarme verte.»
