Trabajaba en un hospital como enfermera. Era de esas mujeres que entran en una habitación y hace que hasta el dolor duela menos. Yo estaba internado por una enfermedad rara, y muchos doctores pasaron por mi cama. Pero ella… ella se quedaba horas después de su turno, leyéndome poemas, contándome chistes malos, acariciando mi mano como si fuera importante.
Una noche, desesperado, le dije:
—¿Y si no salgo de esta?
Ella se sentó a mi lado, me miró a los ojos y dijo:
—Saldrás. Porque voy a estar aquí hasta que lo logres.
Y así fue. Sobreviví. Ella me sostuvo, cuerpo y alma, durante los peores días. Cuando salí del hospital, intenté buscarla, pero ya se había ido. Nadie supo decirme adónde.
Hoy, llevo colgada una pulsera que ella me regaló. Dice:
«Confía en la luz que hay dentro de ti.»
Y sigo creyendo en ella porque, por un momento, brilló a través de sus manos.
