Esperanza Santos

Éramos dos estudiantes en una universidad llena de injusticias. Nos conocimos en una protesta, gritando consignas contra el sistema, compartiendo pan y pancartas. Ella era fuego. Ideas claras, corazón roto muchas veces, pero siempre dispuesta a luchar.

Decía que no quería cambiar el mundo, sino construir uno nuevo desde las cenizas del actual. Yo era tímido, indeciso, pero junto a ella, aprendí a tener voz política, a exigir derechos, a no tener miedo.

Un día, durante una manifestación, la policía llegó. Ella fue arrestada. Le dijeron que si seguía protestando perdería su beca, su futuro. Ella respondió:

—Mi futuro no está en un título, sino en un mundo digno.

Después de eso, desapareció. Viajó a otro país, siguió luchando. Aunque no nos vemos, cada vez que levanto una pancarta, digo su nombre en silencio.

Porque fue ella quien me enseñó que el amor también puede ser revolución. Que amar al prójimo es atreverse a cambiar el mundo.