Ana

Éramos vecinos de infancia. Vivíamos en casas separadas por un viejo muro de piedra, pero nuestros sueños estaban conectados como si fueran uno solo. A los doce años, él encontró una guitarra rota en un basurero y la reparó con paciencia de artesano. Yo aprendí a tocar el piano en un teclado desafinado que mi abuela me regaló.

Desde entonces, soñábamos con ser músicos. Él escribía las letras, yo componía las melodías. Teníamos una canción que nunca terminamos, porque decíamos que sería nuestra “última canción juntos”, para cuando ya fuéramos famosos, o tal vez muy viejos, sentados bajo la misma higuera donde ensayábamos.

Pero la vida no nos dio tiempo.

A los diecisiete, le diagnosticaron una enfermedad rápida, cruel. En cuestión de meses, se fue apagando mientras yo trataba de sostener nuestras promesas con manos temblorosas. Una noche, antes de que se durmiera para siempre, me miró y me dijo:

—Termina nuestra canción… y déjame vivir en ella.

Así que lo hice. Escribí la letra que faltaba, compuse la melodía que imaginábamos, y grabé esa canción sola. Cada vez que la escucho, siento sus dedos en las cuerdas, su voz ronca cantando fuera de tono, y su risa al final del verso.

Él no llegó a tocarla, pero vive en cada nota. Y aunque pasen los años, sé que sigue tocando conmigo, desde el otro lado del silencio.