Miguel

El fuego de tus palabras»
Él era poeta. No uno cualquiera, sino uno que escribía con el alma en carne viva. Lo conocí en un café literario donde solía recitar sus versos. Cada palabra que decía parecía prenderme en llamas. Me hacía sentir cosas que creía enterradas para siempre.

Un día me miró fijamente mientras leía y dijo:
—Esta es para ti.

Y comenzó a hablar de amor, de duelos, de almas rotas que encuentran consuelo. Al terminar, no pude evitar llorar. Él se acercó y tomó mi mano.
—No hay dolor que no pueda convertirse en arte —me dijo.

Desde entonces, escribo mis heridas antes de cerrarlas. Y aunque ya no estamos juntos, sigo escuchando su voz en cada línea que escribo.